jueves, 16 de mayo de 2013

MARÍA ZARAGOZA, DICEN QUE ESTÁS MUERTA





Ficha técnica:

Título: Dicen que estás muerta

Autora: María Zaragoza

Editorial: Algaida

Género: novela

Páginas: 512

Publicación: Febrero 2013

ISBN: 978-84-9877-863-2

Precio: 8 euros.



Sinopsis (editorial):

En las calles de Madrid, un martes como otro cualquiera, una mujer joven vestida de forma extraña es asesinada con un pequeño cuchillo de mesa. El Asesino podría ser cualquiera, pero la muerta no, la muerta es una sola y única, una víctima puede que casual o puede que no. En esta historia, disfrazada de novela negra, los personajes tratan de buscar al Asesino, saber quién es, conocer sus razones y sin embargo a través de este planteamiento lo que logran es conocer un poco más a esa mujer misteriosa y quizá a ellos mismos, pues en cada hombre vive una bestia y una víctima potencial, y a veces es necesario ser una de las dos cosas.



Mi opinión:

Siempre se oye decir o se lee eso de que alguien muere y el mundo sigue girando. Y es verdad... pero ¿te has parado alguna vez a pensar en esa frase y lo que conlleva? Y... sigue girando pero ¿para quién? ¿Y exactamente de la misma manera? ¿O algún pequeño átomo de ese mundo que sigue girando nota la ausencia, acusa el golpe, echa de menos a quien ya no posa sus pies en él? María Zaragoza sí lo ha hecho. Ha pensado (y mucho) sobre la muerte, sobre lo que se lleva y lo que deja, lo que continúa inmutable tras ella y lo que cambia para siempre y lo ha convertido en novela. En una sugerente novela que invita al lector a formularse ese tipo de preguntas de las que huimos con demasiada frecuencia: ¿qué hay tras la muerte? ¿Qué ocurre con quien muere? ¿Y con quién sigue viviendo? Y, lo que es más importante, ¿por qué ocurre la muerte? ¿Qué pasaría si no nos visitara cada día? ¿Y de la mano de quién llega? ¿Por qué alguien roba la vida a otra persona? Y esa vida robada... ¿dónde va? ¿O se la queda el Asesino? ¿Qué hace falta para matar? ¿Quién puede hacerlo? ¿En qué punto exacto del tiempo o del espacio está esa línea que separa la normalidad de la excepción del asesinato?

No hay sorpresas en esta novela. Desde la primera página sabemos que hay una mujer muerta y, aunque hay un grupo de personas empeñadas en encontrar al Asesino (con mayúsculas) el lector lo conoce no muy avanzada la trama (si es que hay una verdadera trama en esta novela y el asesinato no es más que una excusa para reflexionar, para lanzar teorías y que el lector vaya pensando, asimilando, refutando, compartiendo, preguntándose, refrendando, leyendo). Así pues, aunque alguien pudiera pensar que esta es una novela negra, policíaca, de misterio o un thriller, que no se equivoque. Aquí no hay más misterio que el del ser humano, sus características, sus valores, sus peculiaridades, sus miedos, su capacidad para amar y para odiar. Nada más. Y nada menos.

La autora presenta, a través de las voces de un puñado de personajes implicados de alguna manera en el asesinato de Luján, una caleidoscópica y variada reflexión sobre la muerte: rascando el corazón de los seres humanos que protagonizan la novela araña el corazón del ser humano real e indaga en el hueco que deja la persona en el mundo. En el mundo en general pero también (y sobre todo) en su mundo particular: cómo afecta su muerte a los que le rodean, qué ocurre con su alma, dónde se queda lo que fue, lo que pensó, lo que sintió. Inevitablemente, esta primera pregunta sobre la muerte lleva a interrogarse por la vida: ¿cómo he vivido mi vida?, se pregunta la muerta. Pero la muerte de Luján también sirve para que quienes se han visto afectados por ella se hagan la misma cuestión. La muerte se presenta, así, como gran incógnita, como excusa para la reflexión propia y como acicate para el futuro, para el cambio, para el despertar de uno mismo, aletargado por su propia cotidianidad.

En cierto modo, el libro (con estructura cíclica que empieza y acaba con Luján muerta) reproduce este tiempo para la reflexión: algo ocurre y se abre el tiempo de las preguntas. Durante ese período, la vida parece que se detiene, todas las energías de los personajes (que, indudablemente, seguirán adelante con su día a día, aunque eso no es lo que nos interesa) se invierten en resolver el gran enigma de la muerte y de la vida. Es un tiempo detenido, tiempo de revisar, de hacer balance, quizá de hacer borrón y cuenta nueva y, con un poco de suerte, comenzar a vivir. Paradójicamente, es lo que le ocurre a los personajes: ahogados en sus propias vidas y, sobre todo, en sus propios miedos, la muerte de Luján les abre el paréntesis propicio para que se cuestionen sus pasados y sus presentes, afronten sus defectos y lastres y encaren un nuevo futuro, tan incierto como el propio presente, pero más liviano, más verdadero, más sincero. En el fondo, la vuelta a la normalidad de la que varios personajes hablan al final de la novela no es una vuelta a la normalidad o, por lo menos, es una vuelta a una normalidad relativa, porque la normalidad anterior al asesinato ya no podrá regresar jamás. La vuelta a la normalidad es, en realidad, un salto al vacío, un regreso a lo desconocido.

Junto a esta reflexión sobre la vida y la muerte, la autora también presenta una extensa investigación sobre el alma humana, sobre la ambigüedad que todos albergamos dentro de nosotros mismos, sobre las luces y las sombras que todos portamos. Como bien dice la frase que aparece en la portada “en cada hombre vive una bestia y una víctima potencial” y así lo irá demostrando con todos y cada uno de los personajes. Personas capaces de lo mejor y de lo peor, que se van transformando gracias a su influencia mutua, gracias a la compañía, al cariño, a la comprensión, a la aceptación del otro tal y como es, al amor.

Porque también hay aquí una reflexión sobre el amor, sobre lo que une a las personas y lo que mantiene unidas a las parejas más allá del amor; ese vínculo, ese nexo, ese hilo casi mágico que les mantiene juntos, clave para el equilibrio de cada uno como ser individual y de ambos como pareja.

Pero para llegar al amor muchas veces hay que vencer a la incomunicación y al miedo, y de eso también habla la novela. Del miedo que nos paraliza, del miedo que no nos deja avanzar, del miedo que no nos permite ser quienes somos. Del miedo a querer, a quererse a uno mismo, a arriesgarse a ser uno mismo, a abrirse, a desnudarse, a dejar pasar a los demás, a mostrarse tal como uno es, a cambiar.

La autora teje una red invisible que va uniendo a los personajes entre sí. Una relación basada en la asesinada pero también, como en un espejo deformante, nos muestra personajes opuestos y semejantes, que son cara y cruz de una misma moneda frente a otros que son dobles de alguno de ellos. María Zaragoza construye este relato caleidoscópico a través de la narración en tercera persona omnisciente, en la que va intercalando reflexiones en primera persona de diferentes protagonistas, mostrando así sus pensamientos y su propia manera de entender lo que ha ocurrido y afrontar lo que está por venir.

Con un estilo sencillo pero lleno de matices, de rincones poéticos y de referencias culturales de todo tipo (música, literatura, mitología y cine están constantemente presentes en la novela) la autora nos propone un viaje personal y colectivo hacia el ser humano. Un viaje al que hay que ir bien preparado, porque podemos encontrarnos con bestias y con ángeles. Con las bestias y los ángeles que habitan dentro de nosotros mismos.

Nos seguimos leyendo.



Agradezco a Algaida que me haya enviado este ejemplar.



Lidia Casado

Juntando más letras


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