jueves, 30 de mayo de 2013

ALMUDENA SOLANA, EFECTOS SECUNDARIOS




Ficha técnica:


Título: Efectos Secundarios

Autora: Almudena Solana

Editorial: Planeta

Género: novela

Páginas: 280

Publicación: 21/05/2013

ISBN: 978-84-08-11222-8

Precio: 18 euros.



Sinopsis (editorial):


Los diez medicamentos más vendidos se convierten en personajes reales; diez vidas que avanzan individualmente mientras se van entrelazando, poco a poco, hacia un final común. Adiro, Orfidal, Nolotil, Voltarén, Sintrom, Augmentine o Lexatín, entre otros, cobran vida en esta novela inteligente llena de ironía y de suspense. El amor, las relaciones, el sexo, los sueños no cumplidos, el olvido o la vejez son las otras circunstancias que conviven con el interior de los prospectos.
Estos prospectos han inspirado la nueva novela de Almudena Solana, quien, con su fresco y personal estilo narrativo, cuida al máximo cada frase sin dejar ninguna palabra al azar. Una auténtica radiografía de la vida actual a través de los medicamentos más consumidos.



Mi opinión:


Hay libros que te sorprenden, por unos motivos u otros, y este lo hace, en varios sentidos. En primer lugar, por algo obvio en cuanto lees la sinopsis facilitada por la editorial: los protagonistas tienen el nombre de los medicamentos más vendidos: Orfidal, Nolotil, Lexatin... y hasta diez. Y sin embargo, no podría decir que se trata de una novela coral porque aunque oímos sus voces y pensamientos (a veces hasta te hace duda de que sea posible que el narrador sepa determinadas cosas), la voz cantante la lleva Germán (Sintrom), un policía nacional cuyo vicio es la observación de todo lo que le rodea. Ayudado por su amigo el farmacéutico, reconstruye las historias de los nueve personajes restantes, en un juego de uniones y desuniones. En realidad, aunque Germán narra en primera persona y habla sobre la vida de los demás, el lector percibe la obra como si fuera una amalgama de vidas superpuestas, entretejidas. La sensación que he tenido yo mientras leía el libro es como la de ver el mapa del metro: hay muchas líneas de tren, cada una representada por un color (en este caso, un medicamento) y, en determinados momentos, en ciertas estaciones, las líneas se cruzan, combinando colores y, aquí, medicamentos. Por eso, aunque cada capítulo esté dedicado a un personaje (excepto el primero y el último, de los que luego hablaré), uno o varios del resto del elenco se van cruzando en su vida, de tal manera que se va tejiendo una red, como la del metro, gracias a la que, al final, todos están interconectados. La fragmentación, por un lado (esas vidas aisladas, contadas de forma más o menos individual) se opone a la relación que establecen todos con todos, mostrando una reflexión al lector sobre la individualidad y la colectividad y sobre la delgada línea que (aunque no lo parezca) separa a una de la otra: todos somos personas, seres individuales, pero estamos conectados con otras personas, también individualizadas. A veces, incluso, sin que lo sepamos.

La autora radiografía, así, la forma en la que nos relacionamos hoy en día, del mismo modo en el que retrata nuestra manera de ser y de afrontar la enfermedad y el dolor a través de los medicamentos más vendidos, los medicamentos a los que hace referencia. Nunca se me había ocurrido, pero puede ser una forma quizá bastante fiable de caracterizarnos en la sociedad actual, una forma eficaz de caracterizar a los personajes de una novela. Ya lo decía Lucía Etxebarria en La Eva futura: drogas legales e ilegales nos sirven hoy en día como ayuda para encontrar la felicidad perdida. Ya sean enfermedades del cuerpo o patologías de la mente, los medicamentos nos ayudan a sentirnos mejor: si no curan, realmente, al menos sí sirven, en ocasiones, como placebo para hacernos sentir más saludables, más jóvenes, más frescos. Es lo que le ocurre al Voltarén de la novela, que utiliza esta crema como barrera contra la vejez, contra las manchas, contra la rigidez. Los personajes de este libro hacen honor a sus nombres, asimilan las indicaciones de los prospectos como norma de vida y rutina de sus días, los síntomas como parte de su carácter y los medicamentos como tabla de salvación a la que agarrarse cuando vienen mal dadas. Tan bien asimilados están que, de entre todos los personajes, con el que más identificada me he sentido es, precisamente, con el que utiliza el único medicamento de la lista que yo uso a diario: Viscofresh. Y no he sentido una conexión especial con ella solo la sequedad ocular (en mi caso derivada de una dolorosísima queratitis que me provocaron las lentillas va a hacer ahora tres años) sino también por sus problemas físicos, su manera de esconderse y el cambio que opera en ella hablar por un micrófono. Impostura pura. Pero eficaz. También se de lo que habla Ventolín, claro. Sus ataques de asma son mis ataques de asma. Pero yo soy más de Terbasmin. Será por eso que he comprendido lo que cuenta pero no me he identificado con ella como con Visco.

También resulta chocante el primer capítulo en sí y el primer capítulo con respecto a los demás. En "Principios activos", Germán se presenta y nos invita a acompañarle a través del viaje que va a realizar al corazón del resto de los personajes. Lo que ocurre es que el tono, el ritmo y los sucesos que tienen lugar en ese primer capítulo no tienen nada que ver con el resto: este casi prólogo están lleno de acción, de humor, de rapidez y hasta, diría, de lucidez. Da una idea del libro que luego no se cumple en el resto: sosegado, introspectivo, con más reflexión que acción, aunque también ocurran cosas.

Y digo que el primer capítulo también sorprende en sí mismo porque, sinceramente, yo nunca había leído ninguna novela ambientada en una farmacia (actual) ni en la que se hablase de la figura del farmacéutico como se habla en esta: es casi casi un confesor, el depositario de nuestros males y procurador de los remedios con los que podemos hacerles frente. En la novela, la farmacia se asimila a una cocina, incluso a una carnicería. Y es que mira que es uno de los lugares frecuentados con bastante asiduidad en nuestras vidas y, sin embargo, qué poco literario, qué prosaico, qué práctico... parece. Hasta me ha dado pena que la autora no haya seguido por ese camino que me estaba tanto en lo que pensar y que me estaba haciendo valorar a mis farmacéuticas, esas a las que le cuento mis cuitas, les pido consejo, les confieso padecimientos que no conocen ni mis seres más cercanos. Esas que cargan sobre sus hombros el peso de las desgracias de todo el barrio y que, a pesar de ello, siempre te reciben con una sonrisa, una palabra de ánimo y, en el caso de Lucía, hasta con una piruleta. ¿Qué tendrán los farmacéuticos para que nos sintamos tan vinculados, o encariñados, o agradecidos hacia ellos? Fíjate si será así que la farmacéutica de la Rúa de Salamanca tiene grupo de fans en Facebook y todo (y aquí está el enlace que lo demuestra).

Esta novela fragmentaria, de estilo ágil y en ocasiones poético, se completa con fragmentos cercanos a la escritura visual, en los que la autora rompe las oraciones en diferentes líneas e, incluso, en un ocasión, hace avanzar o retroceder una o varias palabras para simular, gráficamente, el avance del tren. Y, junto a esta escritura interrumpida, cabe destacar lo añadidos gráficos como la foto y la firma del señor Alzheimer (o sea, el médico alemán que descubrió la enfermedad, no ningún personaje de la novela) y el efecto lupa sobre el prospecto de cada medicamento citado que aparece al comienzo de cada capítulo.

Finalmente, me ha gustado y me ha hecho gracia el aspecto metaliterario de esta novela. Me ha gustado porque, al igual que hace con los medicamentos, también intenta radiografiar a algunos de los personajes atendiendo a sus lecturas frecuentes. Y me ha resultado gracioso por el guiño a su propia trayectoria que la autora incluye en la novela, haciendo que uno de esos personajes esté leyendo uno de sus libros anteriores: La importancia de los peces fluorescentes.

En definitiva, me ha encantado ese canto a la cotidianidad, esa poesía que busca el significado de las manchas, las bolsas de plástico, la enfermedad, la vejez, la memoria, la salud, los dolores, las pastillas, las cajas de los medicamentos, el tráfico, el inhalador, los bolsillos de nuestras chaquetas... Un significado que a veces, de tan cercano y habitual, se nos escapa. He disfrutado con ese retrato de una sociedad que indaga, a su vez, en la poética de los prospectos, la efectividad del principio activo o la resignación ante los efectos secundarios. Y, sin embargo, me falta algo. Algo echo de menos en esta novela. Quizá sea algo más de profundidad. Al final, la sensación con la que he cerrado el libro ha sido la de que me han presentado a una serie de personas pero a las que no he acabado de conocer. Quizá están tratados con demasiada ligereza, con poca profundidad, quizá no pasamos el tiempo necesario para conocerlos con ellos. O quizá sea, simplemente, una radiografía más de nuestra propia vida cotidiana, de esa sociedad que vincula a sus miembros con hilos invisibles y bajo la premisa de la superficialidad, del trato amable pero poco profundo. Del trato que te lleva a preocuparte por alguien que se marea delante de ti en la cola para embarcar a un avión, que te impulsa, quizá, incluso a ayudarla pero que te hace olvidarte de ella poco después.

Nos seguimos leyendo.

Agradezco a Planeta que me ha facilitado este ejemplar.



Lidia Casado

Juntando más letras




3 comentarios:

  1. Me parece muy original, como bien indicas,así que sin duda me lo apunto. No he leído nada de la autora pero todos coinciden en que escribe muy bien. Besos!!

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  2. Es muy original el planteamiento pero no termina de llamarme
    Besos

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  3. Pues tiene buena pinta. Y aunque no profundice en los personajes, que es algo que no me suele gustar, son muchos los aspectos positivos que señalas, así que me dejas con curiosidad por esta novela.
    Besotes!!!

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