martes, 28 de mayo de 2013

ALMUDENA GRANDES, LAS EDADES DE LULÚ




Ficha técnica:

Título: Las edades de Lulú

AutorA: Almudena Grandes

Editorial: Tusquets

Género: novela, novela erótica

Páginas: 264

Publicación: marzo 1989

ISBN: 978-84-7223-364-5

Precio: 15 euros



Sinopsis (editorial):

Las edades de Lulú, que obtuvo el IX Premio La sonrisa vertical, es una larga historia de amor que, como cualquier historia de amor que no se resigna a dejar de serlo, va haciéndose más compleja y envolvente.

Sumida todavía en los temores de una infancia carente de afecto, Lulú, una niña de quince años, sucumbe a la atracción que ejerce sobre ella un joven, amigo de la familia, a quien hasta entonces ella había deseado vagamente. Después de esta primera experiencia, Lulú, niña eterna, alimenta durante años, en solitario, el fantasma de aquel hombre que acaba por aceptar el desafío de prolongar indefinidamente, en su peculiar relación sexual, el juego amoroso de la niñez. Crea para ella un mundo aparte, un universo privado donde el tiempo pierde valor. Pero el sortilegio arriesgado de vivir fuera de la realidad se rompe bruscamente un día, cuando Lulú, ya con treinta años, se precipita, indefensa pero febrilmente, en el infierno de los deseos peligrosos.



Mi opinión:


Hay libros que envejecen con los años. Incluso los hay que envejecen mal. Hay otros que, sin llegar a envejecer, sí necesitan una mínima contextualización, no tanto para comprender o para disfrutar de la historia que nos cuentan como para calibrar justamente sus méritos. Creo que a Las edades de Lulú le pasa eso. Si abres el libro, sin saber nada sobre su autora, la época en la que fue escrito, que se hizo con el XI Premio La Sonrisa Vertical de novela erótica... puedes disfrutar (bueno, disfrutar... y padecer) la historia de Lulú/Marisa con más o menos gusto. Hoy en día, después del huracán Grey, puede que no te parezca tan diferente, que no te sorprenda (aunque lo dudo, porque Almudena Grandes se atreve con lo que E. L. James sólo promete) o que ni siquiera aprecies su valor entre tanta novela erótica como se publica actualmente. Pero si piensas que se escribió en 1989 y recuerdas cómo eran las cosas y, sobre todo, la literatura entonces, tal vez no te quede más remedio que admirar a Almudena Grandes y confirmarla como la gran escritora que es y que ya entonces apuntaba. Las edades de Lulú supuso un gran desafío por abordar la sexualidad de la mujer en primera persona y sin tabúes. Durante la Transición, las mujeres empezaron a salir del armario literario, comenzaron a escribir... o quizá mejor habría que puntualizar: a escribir y a publicar. En una literatura dominada por los hombres escritores y los hombres protagonistas (en la que habría que subrayar con rotuladores de brillantísimos colores excepciones tan magistrales e imprescindibles para nuestras letras como Ana María Matute, Carmen Martín Gaite o Carmen Laforet, entre otras -pocas más-), las autoras comenzaron a abrir un hueco para la literatura femenina, entendida ésta como la literatura escrita por mujeres y que ahonda en el universo femenino, no estrictamente dirigida a las lectoras pero que sí las atrapa de un modo especial. En la década de los 70 y de los 80 comienzan a aparecer escritoras como Ana María Moix, Rosa Montero, Esther Tusquets, Carmen Riera, Josefina Aldecoa, Montserrat Roig... que pretenden romper el mercado editorial (de manera que incluya a la mujer como potencial autor de éxito) y la temática tradicional en la literatura, incluyendo la perspectiva femenina.

En este proceso, la obra de Almudena Grandes supone un paso más allá. Durante esos años se convierte en habitual la novela de introspección que analiza la psique y las vivencias de la mujer. Si a eso se le suma que, durante los años finales del Franquismo, el sexo se convierte en una poderosísima arma de lucha que defiende la libertad del ser humano frente a la beatería y la mojigatería de la dictadura, Las edades de Lulú resulta ser una obra puente que une dos de las corrientes más rupturistas de aquellas décadas: la vivencia, disfrute y no ocultación de la sexualidad y la indagación en la construcción de la mujer como persona, como ciudadano, como ser humano.

Esa pugna entre pasado y presente (con promesa de futuro incluida), entre Franquismo y democracia, entre radicalismo y libertad está muy bien representada en la novela a través del choque entre los padres de Lulú, su forma de vivir, su manera de entender las relaciones y su evolución personal, y la protagonista y su hermano Marcelo. Quizá uno de los puntos culminantes y más visuales de esa ruptura, de esa forma diferente de abordarse a sí misma como mujer, sea el momento en el que, poco antes de que tenga su primera menstruación, Lulú se sorprende a sí misma con un olor que no reconoce en su propia piel. “Me ha cambiado el olor”, se asombra. Y, en consecuencia, comienza una indagación que le lleva a olisquear su propia ropa, la ropa de los demás y hasta las sábanas de sus padres, en la búsqueda de las razones de ese cambio. La madre la descubre y, en lugar de hablar con ella, de abordar los cambios hormonales que sufre toda mujer en ese momento concreto de su vida y afrontar el proceso con naturalidad, la madre va a la cárcel en la que está encerrado Marcelo, el hermano mayor de Lulú (Marisa para su madre), por motivos políticos y trata de convencerle de que sea él, desde prisión, quien advierta a la preadolescente de los peligros de su actitud. Frente a la curiosidad, la advertencia; frente a la normalidad ante un proceso natural, la prohibición; frente al diálogo, la censura; frente al descubrimiento del ser que uno es, el dogma, el pecado, la ocultación.

Y así es también Las edades de Lulú respecto a la literatura precedente: una ruptura, un aire fresco, una vía abierta, un camino por recorrer, una parte fundamental de la vida de las mujeres, oculta hasta el momento, que ahora pugna por convertirse en asunto literario más, en primera persona y con la voz propia de una joven precoz y curiosa que, sin embargo, llegará a probar el dolor del infierno en sus propio cuerpo.

Porque el feminismo de Las edades de Lulú está más en la actitud que en la propia historia. Sí, Lulú rompe con la forma de vida de sus padres (y, por lo tanto, de toda una época histórica en España), con las prohibiciones y con la mojigatería. Lulú se deja llevar por su curiosidad, sus ganas de experimentar y un afán por conocer su propio cuerpo y su propia sexualidad que comienza muy pronto y con una flauta como improvisado sustitutivo fálico. Sí, Lulú es desinhibida, nunca ha sentido pudor respecto al sexo (sí frente a la hipocresía social) y trata de saciar su curiosidad sin que los límites de la religión, el pecado, el castigo, el qué dirán, el autocontrol o los falsos mitos sobre la sexualidad femenina frenen su camino. Pero también es verdad que Lulú es, al final, un ser sometido, una mujer que ha cambiado la figura autoritaria del padre (ausente en el relato) por el aperturismo sexual de Pablo, amigo de Marcelo, once años mayor que ella, marido y amor absoluto e irremplazable de su vida, al que vive sometida emocionalmente.

La novela, que podría incluirse en la categoría de novela de aprendizaje sin problemas, cuenta la trayectoria vital y sexual que Lulú realiza de la mano de Pablo, el único amor que ha tenido y (por lo que parece) tendrá. Una trayectoria que empieza muy pronto (comienzan a enamorarse realmente el uno del otro cuando ella sólo tiene once años) y que llevará a Lulú por un camino de búsqueda, de curiosidad, de satisfacción, de adicción al sexo y de degradación que tiene dos finales posibles: o el aniquilamiento y la destrucción o, siguiendo un guión más clásico, la aparición estelar del príncipe azul que salve a la princesa de todo mal. O de una combinación de ambos, como creo que es el caso.

Dice Catherine G. Bellver en el artículo Las ambigüedades de la novela feminista española (Letras Femeninas Vol. 31, No. 1, Número especial Encuentros Transatlánticos: La identidad femenina en voces españolas y latinas actuales. Verano 2005) que la novela “se inventa un nuevo tipo de mujer que se encuentra a sí misma a través de su cuerpo no tanto para declara su autonomía como para realizar su propio sentido del poder. No obstante, como explica la hispanista Jill Robbins, los actos textualizados de este novela no puede igualarse a una emancipación de la mujer ya que la protagonista está sometida a todo tipo de estereotipos y a figuras del poder masculino”. Además, la fijación de Lulú por los homosexuales tampoco me parece a mí muy representativa de la sexualidad femenina. Aunque, claro está, como una novela erótica que pretende dar un paso más allá, echa mano de personajes, estereotipos y situaciones poco convencionales (si es que lo convencional existe en el ámbito del sexo).

Más allá del erotismo, Las edades de Lulú reflexiona sobre la infancia, sobre el territorio perdido de la infancia, sobre los adultos que sólo saben ser niños y sobre los niños obligados a ser adultos demasiado pronto. Sobre las Lulús a que los cinco años han de dejar de ser pequeñas y convertirse en Marisas capaces de cargar sobre sus hombros el peso de los hermanos que llegan después. Además del peso de su propia vida.

Una novela que deja un poso amargo en la boca, con pasajes duros, en la que no sobran las escenas de sexo explícito pero que es mucho más que una obra erótica.

Nos seguimos leyendo.



Lidia Casado

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3 comentarios:

  1. Con este libro me estrené con Almudena y no fue un buen estreno precisamente... Uno de los pocos libros que he tenido que dejar sin terminar. No me gustó la historia. NO he vuelto a darle una oportunidad a este género tampoco. Quizás no fue el momento. Quizás debería darle de nuevo una oportunidad.
    Besotes!!!

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  2. Un clásico!!
    Un imprescindible de esta mujer, es una autora que me encanta, fue mi primer libro suyo =)

    Besotes

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